Bocinas

Son las ocho de la tarde. Apago el ordenador de mi trabajo y me dispongo a salir. Veo que cae una suave llovizna. Al palpar en mis bolsillos me percato que todavía no he dado cuenta de las dos mandarinas que tenía para merendar. Así que comienzo a caminar en dirección a casa y a dar su merecido a las dos piezas de fruta. Es curioso el efecto del tráfico en mi ciudad, es caer dos gotas y multiplicarse los coches. O detenerse. O ambos. O algo así. El caso es que se encuentran atascados, al menos en las calles que me llevan hasta mi casa. Camino placidamente, pues la llovizna no me molesta en absoluto (será que como dicen las malas lenguas estoy hecho de adamantium, o plasto-acero. ¿Alguien sabe de que está hecho un necron?¿Y la luna, es de queso?¿A que huelen las nubes?). Observo los conductores, todos ellos agazapados en sus ruidosas y contaminantes máquinas. En cambio yo disfruto tranquilamente de mis mandarinas, mientras veo como cuatro o cinco personas corren de aquí para allá, como si así se fueran a librar de la lluvia.

Pero sobre todo de lo que más me percato es de las bocinas. Pitidos y pitidos se repiten incesantemente. Intuyo que no se debe ser macho hasta que uno se toca la bocina, y que es una forma de declarar tu masculinidad. Oh sí, oh, sí, pito, piittooooo. Incluso observo como dos se tocan las bocinas mutuamente y se comienzan a excitar, y se gritan frases lujuriosas de esas que se dicen dos amantes cuando están follandose salvajemente. El resto de conductores miran envidiosos la escena pues ellos también quieren tocarse el pito. Se contentan soñando con que se tocan el pito y éste suena por encima del resto, mientras piensan el mío es el más potente. Los otros vehículos se apartan, y así consiguen acelerar salvajemente chirriando los neumáticos.

En un semáforo, culmen del goze bocinal, me cruzo con aquellos conductores tan calculadores que consiguen clavar su coche justo en el centro del paso de peatones (y ha de ser complicado hacerlo). La mujer al volante me mira con cara de panfila mientras camino sonriente devorando gajos de mandarina en medio de la llovizna. Le dedico una sonrisa y continuo, mientras ella me señala y le dice algo ofensivo al marido. Estoy por detenerme y regalarle alguna frase, pero total seguro que dentro de diez minutos habrá conseguido avanzar diez metros y pitomasturbarse cuarenta veces. Lástima que yo ya estaré en casa para poder contemplarlo.

A un centenar de metros de mi casa me detengo en un super porque me han encargado comprar bastoncillos de las orejas. Así que entro sonriente (las mandarinas no han durado tanto como para entrar comiendo al super) y justo en la entrada veo los bastoncillos. Sólo hay un hombre que ya está pagando, así que tampoco hago cola aquí dentro. La cajera, una chica preciosa se gira para atenderme y le dedico una sonrisa y un generoso saludo. No creo que haya recibido muchos en toda la tarde pues me mira medio sorprendida y sonríe. Pago y le dedico otra sonrisa, mientras salgo rumbo a mi hogar. Fuera sigue el espectaculo de gusanos enlatados pero ya casi no les presto atención. Llegaré y besaré a mi mujer en vez de chillarle y cabrearme por el estado del tráfico, pues a diferencia de ellos, yo no me masturbo a base de bocinas.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s


A %d blogueros les gusta esto: